Desde hace tiempo, los vecinos de la capital provincial han manifestado sus reclamos y quejas por la falta de iluminación en diversos barrios y sectores de la ciudad, que deja cuadras completamente a oscuras, con los riesgos que ello implica a quienes circulan por sus calles en horario nocturno.
Si a ello le sumamos que en muchos sectores, las ramas de los árboles tapan las luminarias, el efecto oscuridad se multiplica. Es de esperar que en mayo, al iniciarse la temporada de poda, los funcionarios comunales apelen al sentido común y despejen esos lugares.
Un hecho que se ha repetido, al menos en el último año ha sido, el de reponer algunos de los artefactos lumínicos dañados. Es decir si en una cuadra quedaron inutilizados dos o tres luminarias, el municipio repone uno sólo, comno darle una apariencia de luminosidad. El eje de la excusa pasa por las restricciones económicas, pero son los mismos vecinos los que pagan la tasa correspondiente. Si el porcentaje de cumplidores es bajo, la autoridad competente tendrá que arbitrar los medios necesarios para que no paguen justos por pecadores.
Esa situación se repite en la distintas tasas, de comercio, de inmueble o en el mismo patentamiento. Mientras hay comerciantes y personas que se encuentran al día cumpliendo con sus obligaciones, un grueso de la población no paga en tiempo y forma, porque sabe que en algún momento habra una moratoria con alto porcentaje de quita de interes y eliminación de la mor.
Es cierto que en contextos de crisis económicas como viven los municipios, las provincias y el pueblo en general desde la llegada de Milei a la presidencia de la Nación, también es cierto que hay sectores que adeudan sus compromisos con el municipio desde décadas atrás y nunca se le ha exigido como debe ser para que no sigan usufructuando servicios por los que no pagan.
Decisiones como estas son las que siguen haciendo caer el porcentaje de cumplimientos de sus obligaciones tributarias en tiempo y forma con el deterioro de los servicios prestados, no sólo en la iluminación de las calles, sino en el contralo del estado de las veredas, una verdadera aventura para discapacitados, niños pequeños, personas de la tercera edad o padres que deben trasladar en cochecitos a sus hijos.
La exigencia y el control en los momentos oportunos, evitan la reiteración de moratorias, que lo único que exhiben es la incapacidad municipal de reclamar los pagos correspondientes.




