La confirmación de la visita de León XIV en noviembre marcará un hito: la Argentina volverá a recibir a un Sumo Pontífice tras casi 40 años de espera. La última vez fue en abril de 1987, cuando Juan Pablo II protagonizó una gira inolvidable que todavía permanece en la memoria colectiva por su magnitud, su impacto político y la movilización popular que generó.
No fue un viaje cualquiera. Karol Wojtyła llegó invitado por el gobierno de Raúl Alfonsín en un momento clave para la joven democracia. Apenas tres años antes, el Vaticano había sido decisivo para evitar una guerra con Chile por el Canal de Beagle. En esos días, el Congreso debatía la Ley de Divorcio Vincular y el clima político se tensaba. Tres jornadas después de su partida estallaría el levantamiento carapintada encabezado por Aldo Rico.
Durante seis días frenéticos, el Papa recorrió diez ciudades, pronunció 26 discursos y movilizó a unos cuatro millones de personas. Desde Buenos Aires hasta Salta, pasando por Mendoza, Tucumán, Corrientes y Rosario, cada escala tuvo un sentido pastoral distinto: habló al mundo rural, compartió un mate con representantes mapuches, rezó por la paz, recordó la Independencia y recibió el tradicional poncho salteño que se convirtió en símbolo de aquella visita.
El contenido político y social fue tan fuerte como el religioso. En la Casa Rosada, delante de Alfonsín, defendió los derechos humanos y pidió no responder a la violencia con más violencia. En Córdoba cuestionó la Ley de Divorcio cuando ya tenía media sanción. En el Mercado Central convocó a los sindicalistas a pensar más allá de salarios y horarios, y en el Luna Park reclamó a los empresarios poner la riqueza al servicio del bien común.
La gira dejó anécdotas que todavía se recuerdan: el Papamóvil construido en Córdoba sobre un viejo camión de soda, el Papa saliendo de madrugada al balcón del Arzobispado para bromear con la multitud que seguía cantando, el vuelo desviado para sobrevolar la Basílica de Luján y rezar el Rosario desde el aire.
El cierre fue histórico: un millón de personas en la avenida 9 de Julio para la misa del Domingo de Ramos y la II Jornada Mundial de la Juventud, la primera celebrada fuera de Roma. Allí consagró nuevamente al país a la Virgen de Luján antes de despedirse.
Desde entonces, ningún Papa volvió al país. Benedicto XVI nunca viajó y Francisco, pese a ser argentino, tampoco pudo regresar durante su pontificado. Por eso, la llegada de León XIV en noviembre pondrá fin a una ausencia que ya roza las cuatro décadas y abrirá un nuevo capítulo en la relación entre la Iglesia y la sociedad argentina.




