El precio de los combustibles en la Argentina alcanzó en marzo de 2026 su nivel más alto de la historia, impulsado por un barril de petróleo que quebró la barrera de los US$ 100 promedio tras escalar un 50% desde el inicio del conflicto entre Estados Unidos e Irán.
La combinación de factores externos —las tensiones en el estrecho de Ormuz— y la decisión interna de la Secretaría de Energía de no intervenir en la fijación de precios, permitió que el impacto internacional se trasladara de lleno a los surtidores locales y, de manera indirecta, a la inflación.
Según el Centro de Economía Política Argentina (CEPA), la nafta súper llegó a US$ 1,43 por litro, un 52% por encima de su promedio histórico. La premium trepó a US$ 1,58 (+41%) y el gasoil a US$ 1,48 (+61%).
Para atenuar la presión, el Gobierno suspendió la actualización de impuestos a los combustibles líquidos y al dióxido de carbono, y autorizó un mayor corte de bioetanol en las naftas. En paralelo, YPF anunció un “buffer de precios” por 45 días, frenando subas hasta mediados de mayo en acuerdo con las principales petroleras del mercado.
El escenario energético se completa con ajustes en tarifas de gas y electricidad, y la quita de subsidios al GNL importado, medidas que configuran un cuadro de fuerte presión sobre el costo de vida.




