Nicolás Bento, de tiro libre, le dio el triunfo a un equipo juvenil que jugó con el alma ante la experiencia franjeada.
El fútbol no sabe de lógicas ni de presentes. Si alguien miraba la tabla de la Superliga antes del pitazo inicial, el favoritismo recaía en Guaraní Antonio Franco, que llegaba con mejores antecdentes. Sin embargo, en el barrio Rocamora, el Bartolomé Mitre de los pibes dio una lección de carácter: se olvidó de las dos derrotas previas y se quedó con el clásico posadeño ante los «nombres» de la Franja.
El inicio del encuentro pareció confirmar los pronósticos. Durante los primeros 25 minutos, Guaraní mandó en la cancha. Con un juego fluido y vertical, la visita rompió el cero temprano: Emanuel Báez definió con jerarquía tras una asistencia quirúrgica de Duarte. Parecía que se venía una goleada, pero el equipo de Villa Sarita pecó de ineficaz. Gómez, Dávalos y el propio Báez desperdiciaron chances claras para estirar la ventaja, y en un clásico, los goles que no se hacen en un arco, se sufren en el otro.
Con el correr del cronómetro, Mitre empezó a «discutir» el trámite. Los pibes auriazules ajustaron las marcas en el medio, ganaron los anticipos y soltaron a sus veloces delanteros por las bandas. Aunque se fueron al descanso abajo, la sensación era otra: el local estaba vivo.
En el complemento, Mitre salió con otra determinación. El esfuerzo tuvo su recompensa a los 15 minutos, cuando el árbitro Harold Lemos —de discreta actuación— sancionó penal para el dueño de casa. Golomba, con total frialdad, engañó a Fernández y firmó el 1-1.
El empate fue un golpe de knockout para Guaraní, que encima se quedó con diez por la expulsión de Vallejos tras una fuerte infracción. Con el hombre de más, Mitre olió la sangre y fue por todo. La remontada se consumó con una pincelada: Nicolás Bento ejecutó un tiro libre magistral en la puerta del área para desatar el delirio en las tribunas locales.
Los últimos diez minutos fueron pura entrega. Guaraní fue pura impotencia y empuje, mientras que Mitre perdonó el tercero de contra. El final encontró caras largas en el plantel franjeado, conscientes de que dejaron pasar una oportunidad de oro, y un festejo desaforado en el Auriazul.
Hoy, los pibes de Mitre demostraron que, aunque no tengan la vidriera de otros nombres, tienen el temple necesario para jugar un clásico. En Rocamora, el orgullo fue todo auriazul.




