El punto de partida fue una necesidad concreta del sector mandioquero: si bien algunos materiales ofrecen buenos rendimientos en kilos por hectárea, el porcentaje de almidón —clave para la producción de fécula— todavía tiene margen de mejora. “Podemos tener mucha producción, pero si el porcentaje de almidón es bajo, el rendimiento industrial también lo es”, explica Ayrton Max Böse, de la Cooperativa Flor de Jardín.
A partir de ese diagnóstico, se inició un trabajo conjunto entre productores y técnicos para evaluar nuevos materiales. Algunos fueron introducidos desde Colombia mediante plantas in vitro libres de enfermedades, lo que garantiza mayor sanidad y estabilidad. Los primeros resultados entusiasman: “En algunos cultivares se registraron contenidos de almidón que superan el 30%, lo cual representa una diferencia muy importante para la industria”, señala César Preussler, investigador del INTA Montecarlo.
Los ensayos realizados en Jardín América muestran incrementos de entre 3% y 7% en el contenido de almidón respecto a los cultivares más utilizados. Aunque la diferencia pueda parecer mínima, el impacto es significativo: más fécula por tonelada procesada, mejor aprovechamiento de la materia prima y mayor eficiencia industrial.
El desafío ahora es trasladar estos avances a las chacras. La cooperativa ya puso en marcha un huerto semillero y comenzó a distribuir los nuevos materiales entre sus socios, quienes los multiplican en sus propios lotes. De este modo, la innovación se expande de manera directa hacia los productores, generando un círculo virtuoso de mejora continua.
Además del contenido de almidón, el trabajo busca fortalecer otros aspectos clave: sanidad, resistencia y estabilidad del cultivo. El objetivo es claro y estratégico: contar con cultivares más productivos, adaptados al territorio misionero y capaces de sostener una cadena productiva que es vital para la economía regional.
La mandioca, históricamente vinculada a la identidad agrícola de Misiones, se enfrenta a un nuevo escenario. La incorporación de materiales mejorados no solo apunta a elevar la competitividad de la industria de la fécula, sino también a garantizar que los productores tengan herramientas más sólidas para enfrentar los desafíos del mercado. En definitiva, se trata de un paso firme hacia una mandioca más eficiente, más resistente y más rentable para toda la cadena productiva.




