La disputa por los cuatro primeros lugares se extendió hasta la última fecha y, salvo excepciones, casi todos los clubes tuvieron su oportunidad de pelear. Eso habla de un certamen parejo, emocionante y con un nivel que sorprendió a propios y extraños.
Sin embargo, lo que se ganó en la cancha se perdió en los escritorios. La organización mostró falencias que no pueden pasarse por alto: arbitrajes cuestionados, suspensiones apresuradas, criterios dispares en las sanciones y, lo más grave, decisiones administrativas que afectaron la igualdad de condiciones.
La undécima fecha fue el ejemplo más claro. Con una protesta pendiente —la de Garupá contra Brown— y un partido inconcluso entre Huracán y los verdirrojos, se decidió programar igual. ¿Era necesario apurar la jornada sin resolver antes esos puntos clave? La respuesta parece obvia: no. La igualdad es una norma básica en cualquier deporte, y jugar con resultados “puestos” nunca es lo correcto.
Incluso hubo pedidos formales, como el de Brown solicitando la postergación, que fueron ignorados. Ahora, el fallo del Tribunal de Penas puede modificar la clasificación y, de ser adverso, uno de los clubes ya anticipó que acudirá al Consejo Federal. ¿Qué imagen deja esto? Que el torneo fue un éxito en lo competitivo, pero un fracaso en lo institucional.
El fútbol posadeño dio un paso adelante con la creación de la Superliga, pero retrocedió en la aplicación del sentido común. Las finales llegarán y habrá un campeón, pero la lección es clara: si se quiere crecer, no alcanza con la pasión en la cancha, también se necesita orden y respeto fuera de ella.




