El problema se ha consolidado como la principal adicción en la región. Ya no se trata de un “vicio social” tolerado, sino de un problema de salud pública que se refleja en las estadísticas y en la vida cotidiana de los barrios.
De acuerdo con los últimos informes del Ministerio de Salud y la SENAD, el alcohol encabeza cómodamente la lista de sustancias de mayor consumo en el país. En la capital de Itapúa, los números son alarmantes: cada día se registran accidentes de tránsito vinculados al manejo bajo los efectos del alcohol y, puertas adentro, crece la violencia intrafamiliar, con consecuencias devastadoras para mujeres, niños y adultos mayores.
Las autoridades locales advierten que el impacto es doble: en la calle, donde los siniestros viales se multiplican, y en los hogares, donde el abuso de bebidas desarma la economía familiar, rompe vínculos afectivos y deja huellas profundas en el desarrollo de los menores. “El alcoholismo no solo enferma al que consume, también enferma a toda la familia”, remarcan desde los equipos de salud.
Frente a este panorama, el municipio encarnaceno articula controles de alcotest en la vía pública, asistencia integral a víctimas y programas de salud mental. Sin embargo, el desafío es mayor: desnaturalizar el consumo social y fortalecer el compromiso comunitario. Diversos sectores insisten en que sin un esfuerzo colectivo será imposible revertir las cifras y proteger la integridad de las familias.
La conclusión es clara: el alcoholismo dejó de ser un problema individual para convertirse en una amenaza social. Y en Encarnación, la urgencia ya no admite postergaciones.
Fuente y foto: mas encarnación




