La leyenda cuenta que fue en la plaza Solís, en la esquina de Olavarría y Mariano Brin, donde comenzó a escribirse la historia de Boca Juniors. Allí, cinco jóvenes inmigrantes italianos —Esteban Baglietto, Alfredo Scarpati, Santiago Sana y los hermanos Juan Antonio y José Teodoro Farenga— fundaron el club un 3 de abril de 1905 sin imaginar que se convertiría en uno de los más populares de la Argentina.
Como eran menores de edad, decidieron nombrar a Luis Cerezo como primer presidente. De aquellos primeros años compartidos con los fundadores de River Plate surgió el apelativo “xeneize”, derivado del dialecto genovés de los inmigrantes ligures.
Otros símbolos también se forjaron en la vida cotidiana del barrio. El “pizzero” apareció en la década de 1930, cuando vendedores de pizza y fainá se instalaban frente a la vieja cancha de Brandsen y Del Cruce en días de partido. El apodo “bostero”, en cambio, nació de uno de los oficios más duros de la época: el encargado de limpiar las calles de los restos de los caballos que transitaban por La Boca.
La camiseta tampoco fue siempre azul y oro. En sus inicios fue blanca con rayas negras, luego rosada, hasta que Juan Brichetto, trabajador portuario y uno de los fundadores, propuso los colores que vio en la bandera sueca de un buque que pasaba. Esa elección se convirtió en definitiva y en uno de los símbolos más reconocibles del club.
Así, entre leyendas, apodos y tradiciones, Boca Juniors comenzó a construir una identidad que trascendió el barrio y se convirtió en parte de la cultura popular argentina.




